En el examen comparativo de los diferentes casos de contacto lingüístico en qué el factor político es el más desencadenante, encontramos históricamente situaciones en qué el grupo en contacto ha evolucionado hacia el abandono de la variedad lingüística propia en la comunicación con sus hijos, y otros casos que se caracterizan por la permanencía bastante o muy estabilizada de la variedad o variedades propias en esta función comunicativa. Estos últimos casos parecen desafiar, por tanto, la hipótesis general que afirmaría que los grupos humanos masivamente bilingüizados y con una plena o total ocupación de funciones públicas por parte de una variedad estandarizada estructuralmente distante o basada claramente en un sistema lingüístico diferente evolucionan intergeneracionalmente hacia la extinción de sus códigos nativos. El interrogante surge, pues, cuando comparamos las situaciones llamadas de « sustitución lingüística » con las catalogadas como de « diglosia » (según el sentido de Ferguson).

Si fuese cierta ineluctablemente la hipótesis de que las sociedades con bilingüismo masivo y distribución de funciones sociales -frecuenturamente entre institucionalizadas e individualizadas- de variedades estructuramente bastante o muy distintas evolucionan generalmente hacia la selección de un solo código para todas las funciones, incluso las de comunicación intergeneracional, el futuro de la linguodiversidad del planeta podría parecer ya sentenciado, dado el actual proceso de extensión a nivel planetario de las áreas tradicionales de comunicación facilitado por las nuevas tecnologias de la comunicación y el hecho de la globalización de las relaciones económicas.

De hecho, hasta ahora parece que, en general, solo pueden resistir esta tendencia a la sustitución lingüística aquellas comunidades politícamente subordinadas que puedan hacer prevalecer -por sus autorepresentaciones positivas basadas en su situación económica o como herencia cultural- una interpretación positiva de sus variedades lingüísticas y globalmente de ellas mismas como colectivo humano. Cataluña, por ejemplo, parece ser uno de estos pocos casos en que, a pesar de la presión política, la mayoría de la población nativa ha tendido a conservar, al menos hasta ahora, sus variedades vernáculas. No obstante, la evolución de situaciones iniciales de distribución diglósica hacia el abandono intergeneracional de las variedades vernaculares propias y, por otra parte, la estabilización más o menos equilibrada de la reproducción social de las mismas, son fenómenos coexistentes en la propia área catalanófona general. Así, la gradual tendencia histórica a la sustitución de las variedades propias por el estándar castellano en Valencia y la iniciada más recientemente, en especial a causa del matrimonio mixto, en las Islas Baleares, contrastan con el caso de la Cataluña estricta, donde el grupo de L1 catalana tiende con más claridad no solamente a la conservación de las variedades propias en la transmisión generacional sinó también a un comportamiento electoral mucho más favorable a las ideas de normalización lingüística y de revitalización de la propia identidad colectiva.

En las situaciones habitualmente designadas como « diglosias », sin poder llegar a afirmar la inmutabilidad y perennidad de éstas, sí se puede observar, en general, que muchos de estos casos llevan persistiendo -o, en todo caso, sin que registren evoluciones negativas para las variedades vernaculares- periodos similares a los que han necesitado otras situaciones para cambiar radicalmente. Quizás el ejemplo más claro de esta tipología sea, como ya indicó el mismo Ferguson, el caso suízo-alemán, aunque según el mismo autor encontraríamos unos doscientos casos más que encajarían en la noción clásica de diglosia que él mismo estableció.

De hecho, como señaló también el propio Ferguson, la característica fundamental de su tipología de diglossia es el hecho de la distribución radical de las funciones, en que nunca la variedad estándar es usada por ningún grupo social para la comunicación informal cotidiana. Con la intervención de esta categorización claramente separada de las variedades y de sus funciones, las modalidades orales no son cuestionadas ni por los grupos de más alto estatus social y conservan todo su prestigio con respecto al estándar oficial, el cual no es adoptado nunca en las comunicaciones individualizadas. Hay que tener en cuenta, no obstante, que las situaciones de distribución diglósica de funciones acostumbran a presentar la coexistencia de variedades percibídas como pertenecientes a una misma « lengua ». Esto parece ser especialmente claro, en general, en el caso griego. Use lo que use la población, las dos variedades son vividas como innegablemente griegas. No se plantea, en principio, ningún problema identitaro por razón del estándar difundido.

Fijémonos, pues, que en los casos categorizados como de diglossia. puede ser que la variedad usada en las comunicaciones institucionalizadas no sea asociable a ningún grupo exterior de referencia -ya que « pertenece » al propio grupo- o bien que lo pueda ser pero que el colectivo susceptible de actuar como modelo no sea deseado -como puede ocurrir en el caso suizo-alemán. Asi, del contraste entre las variedades no parece desprenderse para los hablantes ninguna representación negativa que los tenga que llevar al abandono de los vernáculos en favor del estándar en la comunicación informal cotidiana. Puede ocurrir incluso al revés. Tanto en los países árabes como en el caso griego, e incluso en el caso del suizo-alemán, parecen encontrarse muestras de la vitalidad de los vernáculos, los cuales en vez de retroceder, aumenta su uso público o provocan la evolución de la variedades formales hacia las características estructurales de los coloquiales. Parece, en consecuencia, que la razón de la estabilidad relativa de estos casos de distribución diglósica hay que buscarla principalmente en la dimensión politico-cognitiva: ninguno de los casos habitualmente analizados no son situaciones de subordinación politica como lo son los de las comunidades europeas minorizadas. La percepción de dependencia y, en consecuencia, de autodenigración que lleva a un grupo a adoptar a otro colectivo foráneo o a sus elementos culturales como referente principal de conducta y de valores, no tienen porqué producirse. Parece claro, por tanto, que no resulta ser el simple hecho de la bilingüización y de la distribución asimétrica de funciones lo que puede llevar a la sustitución intergeneracional, sinó el contexto político-económico en el que tiene lugar esta bilingüización y los significados y representaciones que sus protagonistas asocian a las misma.

Si esto es así, ¿cómo podremos asegurar adecuadamente la comunicación lingüística entre el conjunto dela humanidad y a la vez continuar disponiendo de índice aceptable de diversidad lingüística? Posiblemente, algunos principios válidos para conseguir la comunicación planetaria y no provocar un continuo de sustituciones lingüísticas podrían ser los siguientes:

1) que la coexistencia igualitaria tiene que estar basada en una distribución de funciones apropiada, partiendo del principio de subsidiariedad europeo, que instituiría la norma de que todo aquello que puedan realizar las lenguas locales no debe hacerlo la inlerlingua. La idea de base es la protección suficiente ele los espacios ecosistémicos propios;

 2) que el hecho de disponer de competencia suficiente en la interlingua no elimina ni el derecho ni la necesidad de las comunidades lingüisticas humanas a usar sus códigos plenamente y en el máximo de funciones locales;

 3) que los poderes públicos planetarios deben difundir una ideología claramente favorable a la diversidad y a la igualdad lingüísticas, impulsando la autodignidad de los grupos menos favorecidos y contrarrestando representaciones populares tan extendidas como la 'ideología del estándar' o fenómenos como la autopercepción subordinada a grupos o lenguas de referencia exteriores considerados como modelos para asimilarse;

 4) que una atención suficiente deberá ser concedida a las metodologías de desarrollo de la competencia comunicativa en la interlingua, a fin de asegurar un nivel suficientemente óptimo para las diferentes generaciones de individuos que deberán irla adquiriendo, con el objetivo de evitar que unos resultados inadecuados puedan llevar a los progenitores capacitados para hacerlo a decidir usar como LI de los hijos la interlingua y no la variedad nativa del colectivo; y,

 5) que hará falta una atención especial en la articulación de los casos en qué un grupo lingüístico determinado tenga contacto social frecuente con un número considerable de individuos que pertenezcan al grupo cuyo LI ha sido consagrada como interlingua (en el caso que finalmente suceda así), dado que la tendencia predominante puede que sea la de establecer el uso de la interlingua como norma habitual e única de interrelación, con las consiguientes potenciales repercusiones sobre la reproducción intergeneracional del otro código si las poblaciones van integrándose socialmente.