La situación plurilingüe

México es un país pluriétnico y plurilingüíe. El español es la lengua hegemónica del Estado y coexiste con otras 60 lenguas, las tradicionales de los grupos autóctonos que habitaban el país a la llegada de los españoles. Dentro del territorio nacional se detectan también las lenguas de los refugiados guatemaltecos que desde hace casi 20 años llegaron a residir a México, huyendo de la violencia y la represión en su país. En total, puede suponerse que para 1996 cerca de 10 millones de personas hablan alguna de las lenguas autóctonas, esto es, el 10.2% de los mexicanos tiene como lengua materna una de origen prehispánico distinta al español. Sin embargo, más del 60% del total de los hablantes de lengua indígena han aprendido el español y lo utilizan como lingua franca para comunicarse tanto con el resto de la población nacional como con otros grupos indígenas.

Desde el primer contacto de los españoles con los pueblos indígenas en el siglo XVI, y hasta nuestros días, se ha utilizado la lengua como una forma de identificar a cada uno de los diversos grupos. Esta base lingüística distingue igualmente el ser o no indio sobre la base de hablar o no lengua autóctona. Esta distinción ha sido asumida por los hablantes tanto en la práctica como en su sentir ideológico de pertenencia y participación comunitaria y es utilizada para identificar y definir a los distintos pueblos indígenas. La lengua es así un marcador étnico que, con el tiempo, se ha vinculado con la cultura, el territorio y la identidad, en un proceso que incluye por un lado, la homogeneización colonial: todos son indios, y por el otro, la especificidad: son nahuas, mixtecos, mayas, zapotecos, etc. De la colonia se hereda además la fragmentación social territorial que fue favorecida porque permitía la dominación : son nahuas de Xochimilco o de Tlaxcala, mixtecos de Tlaxiaco o de Pinotepa Nacional, son mayas de Peto o de Maní, zapotecos de Teotitlán del Valle o de Mitla, etc.

El proceso por el que se ligan la lengua, la cultura, el territorio y la identidad, incluye varios factores:

  • Base territorial de la lengua. Un espacio propio es reconocido lingüística e ideologicamente como propio por los indígenas hablantes de una lengua y por los hablantes de otras lenguas. Este espacio es igualmente aceptado como punto de referencia específica de identidad por todos. Dicho espacio puede ser una pequeña región, un pueblo, un barrio o alguna cabecera municipal o regional importante, que se presenta a los ojos propios y a los de los demás como una entidad singularizada, específica y diferente, ocupada por hablantes de una misma lengua. Como las diversas comunidades lingüísticas ocupan espacios geográficos diversos y discontinuo a la lengua se agregan otras marcas de identidad como la cabecera municipal o el Santo Patrón titular del lugar. Así hay, por ejemplo, tzeltales de Chilón, tzeltales de Ocosingo y tzeltales de Oxchuc, o tzotziles de Larrainzar, tzotziles de Chamula y tzotziles de Zinacantan.
  • Cultura y lengua como base de la identidad. Cada una de estas complejas territorialidades lingüísticas mantienen pautas de contacto histórico que se reflejan en las especificidades culturales propias que las diferencian claramente de las demás. En algunos casos se distinguen por el vestido, en otras por las artesanías. Diferentes son también las ideas y creencias de cada grupo, que se manifiestan en su propio mito de origen, acompañado de su ritual específico y en las normas de comportamiento.
  • Resistencia cultural en tanto grupo minoritario. El ser parte de un grupo social que se caracteriza hasta nuestros días por ocupar la posición de dominados en una estructura social colonial y colonizante ha llevado a los hablantes de lenguas vernáculas a buscar y poseer hechos y valores históricos, culturales e idiomáticos socialmente propios, siempre cambiantes, pero también siempre asimilados y resemantizados en función de lo propio. De esta suerte, cambio y continuidad son una constante que dialécticamente se refuerza pero sin variar su posición en la estructura social ni en la cultura indígena ni en su propia lengua que mantiene su diferencia frente a la existencia de los "otros", mestizos de habla española y cultura distinta, que ocupan la posición hegemónica.
  • Amenazas de la fragmentación. El sometimiento que en todos los órdenes de la vida social se les impuso a los grupos de origen prehispánico ha ocasionado verdaderas fragmentaciones lingüísticas, como es el caso de los zapotecos, de los mixtecos o de los chinantecos de Oaxaca, que presentan variantes dialectales no intelegibles entre sí. En otros casos aunque comparten un mismo idioma, una misma tradición cultural, la misma posición de dominados, y hasta un mismo territorio, se han fragmentado socialmente. Lo anterior ha traido como consecuencia que se consideren diferentes y que históricamente hayan buscado la práctica de sentirse y verse diferentes. De cualquier manera, la mera presencia de los "otros" permite la operacionalidad del etnocentrismo. Esto es, la integración social de cada parcialidad indígena actual se basa, entre otros aspectos, en el supuesto operacional de que el grupo propio es el centro de todo, y los « otros » son medidos y evaluados en relación a lo propio, lo que lleva a la autoidentificación del individuo no sólo a partir de su base territorial, y de la historia, cultura y lengua del propio grupo, sino también a partir de la diferencia con los otros, de la otredad que tan claramente se muestra ante ellos.
  • En este contexto, lengua, cultura y territorio se encuentran intímamente unidos para definir la identidad de los grupos indígenas. Debido a la fragmentación colonial se trata siempre de una gran cantidad de minúsculos grupos que nunca se extienden más allá del municipio, pero mantienen, refuerzan y conservan su propia identidad. Se trata de pequeñas unidades ligadas al total nacional a través de su relación con alguna ciudad-mercado indomestiza o con una ciudad-cabecera regional. La supervivencia continuada y semejante de cada grupo indígena como tal, se da a partir de un cerrado etnocentrismo, que le permite un intercambio continuado de bienes, servicios y mujeres, sin perder su identidad, a partir de resemantizar todo el proceso en términos propios y con la lengua como un indicador básico de su condición de indio y de lugar de origen.

     

    Plurilingüismo y desigualdad

    Siguiendo a Goodenough, se entiende por lenguaje « un conjunto de normas de comportamiento lingüístico y un conjunto de principios organizados para poner orden en tal comportamiento » (Goodenough, 1975: 159), entre las normas se encuentran dos sistemas que importa subrayar: el semántico y el simbólico. El primero se refiere a un conjunto de reglas mediante las cuales una persona categoriza los fenómenos de toda clase y cómo representa estas categorías mediante morfemas de su lengua y a partir de expresiones construidas con estos morfemas, esto es, los conceptos y las percepciones mediante las cuales una persona puede comprender su mundo. Los conceptos y las percepciones forman parte de su cultura, pero sólo se expresan a través del lenguaje. De ahí que cuando cada grupo intenta singularizarse crea hechos, procesos sociales y patrones culturales específicos, lo que al expresarse a través de su lengua le imprime a ésta peculiaridades propias que lo identifican de los hablantes del mismo idioma y refuerzan su identidad como indio: hablante de tal lengua, pero proveniente específicamente de tal pueblo, municipio o barrio, según sea su base territorial.

    El segundo sistema, el simbólico, no sólo se refiere a los principios que determinan el uso expresivo y evocativo de las formas lingüísticas, sino que incluye la representación lingüística de la representación simbólica misma de las cosas, de los hechos, de las ideas, de las creencias, de los sentimientos y de todos los patrones culturales y normas de comportamiento de un grupo dado. Así pues, territorio, cultura, nosotros-los otros, el mito de origen, etc. tienen sentido en cuanto hay representación simbólica expresada a través de la lengua. La identidad, por tanto, se liga, por un lado, con el identificador usual, una lengua específica, singularizada por el propio grupo, y por el otro, con lo que de cultura, territorio, origen y otredad se expresa simbólicamente a través de la lengua y se aprehende al hablar y al actuar en la localidad misma y en relación con los otros.

    Las 69 lenguas que hay en México – español, 60 idiomas tradicionales indígenas más los 8 provenientes de Guatemala – no son consideradas iguales. Una, el español, es la lengua del conquistador, y las restantes lo son de los dominados. Como es sabido, cuando se establece una relación de dominación-dependencia pronto los atributos del grupo dominante se convierten en los superiores, y su lengua, además, como parte de esos atributos, la única socialmente válida, la superior; mientras que los atributos de los dominados son inferiores, y su lengua, por ende, socialmente poco válida. Y esta relación, que se muestra tan clara entre el español y las lenguas indígenas, es aceptada por todos, dominantes y dominados, lo que aumenta el sojuzgamiento de estos últimos.

    Cuando se usa la lengua para identificar a las diversas poblaciones indígenas, en este contexto, dicha lengua se convierte en una característica del dominado, esto es de la inferiorioridad: hablar lengua indígena ya los coloca en una posición específica: ser indios y por tanto inferiores. Como ningún grupo humano acepta pasivamente ser inferior y como se ha ligado lengua indígena con esa posición, pronto se tiende a negar la lengua materna india, sobre todo cuando ya se habla lo suficiente de español como para poder ocultarlo. Por otro lado, el indicador lingüístico es tan fuerte, que pronto se toma como el síntoma específico de atraso e inferioridad y muchos llegan a considerar que basta dejar la lengua indígena por el español para dejar de ser indio.

     

    Unidad nacional vs pluralidad lingüística

    Desde la independencia de México hasta el inicio del último tercio de nuestro siglo, en el discurso político mexicano se ha presentado la unidad nacional como un logro apenas si obtenido y por el cual hay que trabajar continuamente. Se partía del supuesto que unidad nacional exigía la homogeneidad lingüística, tener todos una misma lengua, el español por supuesto; requería una misma cultura, la llamada cultura nacional o mestiza; se reforzaba con una religión única, el catolicismo con su culto popular identificador a la Virgen de Guadalupe, al Cristo de Chalma, a la Virgen de Ocotlán; y se sustentaba en una misma forma de gobierno: municipios libres, en estados federados para conformar el país, y por ende, una misma identidad. Esta ideología sustentaba un estado-nación aparentemente igualitario, unicultural y unilingüe con una sola identidad. Explícitamente se negaba la legitimidad de la existencia de otras lenguas y culturas aunque, paradojicamente, no se daban las condiciones para la igualdad y la posibilidad de unidad cultural y lingüística nacional. Se suponía que la presencia de grupos humanos con lengua y cultura heredadas de la época prehispánica eran obstáculos para la construcción y el desarrollo pleno de la unidad nacional. La política oficial se encaminaba, en consecuencia, a mexicanizar a los indios, erradicando sus lenguas y culturas.

    Paradójicamente, la identidad nacional se basa en el pasado prehispánico de los grupos que en el presente se niegan: en efecto, ser mexicano significa ser el descendiente de los constructores de Teotihuacán, la ciudad sagrada indígena, los herederos directos de la sabiduría maya y los orgullosos descendientes de los heroicos guerreros defensores del imperio azteca, como Cuitláhuac, Tetlepanquétzal o Cuauhtémoc. El orgullo nacional se finca en ellos, pero sin reconocer como iguales a los auténticos descendientes de los indios prehispánicos. La obvia contradicción a nadie importaba, hasta que, a partir de la década de los setenta de nuestro siglo, se alza la voz india y muestran su existencia y reclaman su derecho a ser mexicanos iguales en la estructura social, pero con su propia cultura y hablando sus idiomas tradicionales. Una década después, en los ochenta, México tiene que reconocerse oficialmente pluriétnico y plurilingüe, e incluso hacer pequeñas modificaciones en la Constitución nacional al respecto. Si bien en el discurso oficial empieza a aparecer el respeto a la lengua y cultura indígenas como parte del país, en la política y en las acciones sobre el medio indígena nada ha cambiado. Ellos siguen siendo los « otros » en su propio país, dominados, estigmatizada su lengua y cultura, empobrecidos y negándoles hasta la posibilidad de rebeldía propia. Los indios, en tanto, muestran al país su terca existencia y gritan su identidad cultural y además, en sus propias lenguas, y exigen a la nación el derecho a ser indios, distintos por lengua y cultura, pero iguales frente a la nación y piden además su autonomía, no ser ya más los dominados e inferiorizados. México se ve, más bien es obligado a verse, como un país multilingüe y pluricultural y con muchas identidades.

    Se presenta de manera más clara un viejo problema: ser indio y ser mexicano. Hasta ahora, la una negaba a la otra y para ser mexicano había que dejar de ser indio. Como el indicador más preciso de la calidad de indio era y es la lengua, sobre ésta se fincaba el cambio: extender el español como segunda lengua quería decir mexicanizar a los campesinos, para que dejasen de ser indios. Identidades separadas e incompatibles y marcadas por la lengua.

     

    Globalización económica y pluralidad lingüistico cultural

    México no vive en un vacio social, sino que está en constante relación con otros países del mundo, especialmente con Estados Unidos y con el resto de Latinoamérica y Canadá, en ese orden de importancia. Esta relación interviene en los hechos nacionales, incluidos los del mundo indígena. Los principales sucesos al respecto son variados e incluyen los procesos inherentes a la internacionalización de la economía y a la globalización consiguiente.

    Primero fue la expansión agresiva hacia el interior del país del capitalismo, que finalmente ha llegado hasta lo más recóndido del mundo indio. El mercado tradicional, basado en un modelo de mercados tipo solar y en un sistema que mezclaba mercantilismo y premercantilismo, el trueque, base de la región indígena, fue abruptamente irrumpido por un capitalismo comercial, que rompió los canales de comercialización que daban hegemonia a la ciudad mercado mestiza y le permitían continuar con la dominación colonial de las comunidades indias. Se establecieron así otros mecanismos hegemónicos extrarregionales, basados en el capitalismo financiero que nada tenía que ver con la situación interétnica. El capital internacional pudo expandir sus mercados al mundo indio, satisfaciendo antiguas necesidades y creando nuevas. Refrescos embotellados, alimentos procesados para consumo masivo, artefactos y vasijas domésticas de metal y de plástico, zapatos y telas de poliuretano y poliestireno, implementos de metal con tracción mecánica, insumos agroquímicos, etc. todo de empresas internacionales, sea directamente o vía franquicias, han invadido el mundo indio, al igual que productos similares nacionales. De cualquier manera, esta penetración capitalista rompe o al menos resquebraja la dominación étnica tradicional, inherente a la situación colonial que se había perpetuado en la etapa independiente de México.

    Por otro lado, a partir de la segunda mitad de nuestro siglo, el explosivo crecimiento demográfico mexicano, junto a la ausencia de inversión en el agro, principalmente en el indígena, orillaron a la migración a miles de campesinos. A partir de los años setenta, los indios se unen a esas corrientes migratorias, primero a los polos de desarrollo cercanos a sus regiones (petroleros, turísticos, acereros), luego a las grandes urbes nacionales y finalmente a la frontera norte del país e incluso hasta el mítico "otro lado", los Estados Unidos.

    Frente a la ruptura de la región indígena, el resquebrajamiento o la ruptura de la situación colonial, el cambio en su economía y la migración, la identidad indígena se refuerza a partir de sus ancestrales bases: la lengua y el territorio de origen. Es a través de lo lingüístico y lo territorial que se mantiene y se revalúa tal identidad. El poder aglutinador de la lengua y de la comunidad de origen se mantienen a distancia, como es el caso de los indígenas que migran dentro del territorio mexicano y hacia los Estados Unidos y Canadá, y siguen asidos a su cultura, a través de su lengua nativa indígena – que no necesariamente hablan ya con fluidez – y su lealtad a la comunidad. El sentido de pertenencia se da alrededor de la estructura socio-religiosa del lugar de origen. Este sentido de sentido de comunalidad se articula a través de redes de todo tipo: de parentesco, rituales, religiosas, comerciales, políticas, pero sobre todo, lingüísticas, porque la lengua permea su tejido social. Estas redes empiezan a anudarse en la tenencia de la tierra común, obligaciones y derechos hacia la comunidad, trabajo comunal, defensa de la localidad, derecho a ser protegidos por la misma, y el tener acceso al cultivo de las tierras comunales; un sistema de gobierno propio, el sistema de cargos, que se estructura alrededor de las necesidades civiles del cabildo y de los rituales religiosos. Se trata de un sistema de gobierno que sigue un rígido escalafón de los puestos o cargos y es la única forma de acceder al poder: el consejo de ancianos, llamados teachcas, los tatamandones y los principales. La fiesta alrededor del Santo Patrón titular del pueblo es la expresión simbólica de la unión comunal, que se manifiesta también en el ritual agrícola, en el mito de origen, en la relación de la naturaleza y, sobre todo, en la lengua común. Se sigue la tradición, pero se actualiza con la participación novedosa de los que salieron y regresan para las grandes ocasiones o envían su contribución para éstas, o a partir de los nuevos elementos e ideas que les llegan a través del mercado y de los medios de comunicación masiva, sobre todo del radio.

    La organización comunitaria y lo comunal constituyen un referente identificatorio, tanto para los que se quedan como para los que migran, ya sea que estos últimos lo reproduzcan en sus nuevos lugares de residencia, ya sea que participen a distancia del ciclo ritual de su comunidad de origen, ya sea que participen de él a su regreso al territorio de origen. La lengua autóctona, en todos los casos, es imprescindible, a pesar de que el español sigue siendo la lengua de prestigio, la del comercio y la de la relación en el trabajo migratorio, la lengua autóctona es la de la vida diaria, la del ritual y, sobre todo, la que opera como el indicador de la identidad. En el mundo indio los nuevos hechos son resemantizados a partir de lo propio, expresados a través de las lenguas maternas. Estas, como todas las lenguas sufren cambios en su estructura interna, y aceptan préstamos del español, de esta manera mantienen e incluso actualizan la identidad: cambian pero permanecen.

     

    Contactos lingüísticos renovados

    La violencia centroamericana trajo nuevos elementos al mundo indio en México. Desde fines de la década de los setenta miles de indígenas guatemaltecos llegaron a refugiarse a la frontera sur de México. Gran parte de ellos ya habían estado aquí, sea al corte del café, a la pizca de algodón, a la recolección de frutas o simplemente a comerciar o a visitar a amigos y parientes o algún santuario religioso importante. De hecho, la frontera entre México y Guatemala dividió grupos étnicos como choles, mames o kanjobales, por ejemplo. Por otro lado, quichés, kakchiqueles, ixiles y agacuatecos de Guatemala se encontraban estacionalmente con tzeltales, tzotziles, tojolabales en el peonaje asalariado en México, o en los santuarios religiosos a ambos lados de la frontera, como el del Cristo Negro de Esquipulas o algún templo dominico del lado mexicano.

    La relación a uno y otro lado de la frontera se hacía entre indios, ladinos y criollos o extranjeros, de origen aleman principalmente, y el pasar la frontera no cambiaba la posición estructural de nadie. Si eran indios o ladinos allá, aquí también lo eran, siempre identificados por su lengua y su lugar de origen. Pero cuando llegan los indios guatemaltecos a refugiarse a México, un elemento que nunca antes había tenido importancia, ahora adquiere gran significado, la nacionalidad legal – el país en el cual se nació –, porque implica derechos y obligaciones distintos según se esté en un país o en el otro. Ahora la identidad ya no es más kanjobal o mam de tal o cual comunidad, sino kanjobal o mam de México o de Guatemala. Lengua como identificador pero el país como apelativo significativo. En este sentido, la identidad se vuelve más compleja, porque hay nuevos elementos que ahora intervienen de otra manera. Ser mexicano o guatemalteco no importaba gran cosa, no operaba en ningún sentido; lo distintivo y que marcaba la posición en la estructura social era la lengua, ser indio porque se hablaba una lengua de origen prehispánico y la variante específica: de San Marcos o de San José, por ejemplo, sin importar de que lado de la frontera eran. Con los refugiados, tal como ya se indicó, el ser de uno y otro lado de la frontera adquiere nuevo significado, ahora son indios que hablan lengua indígena guatemaltecos o mexicanos. Esta complejidad ha permitido, sin embargo, la unión de dos y más identidades lingüísticas en otra nueva, como los refugiados, o los « indios », y empieza a forjarse un tipo de indianidad, tanto en los recién llegados como en los grupos locales. Una indianidad concebida no como la suma de diferentes identidades locales, sino como la constatación de igualdades entre ellos, igualdades que van más allá de la diferencia lingüística y que tienden a ideologizarse situacionalmente.

    En la frontera norte de México ha sucedido algo similar, pero los complejos elementos conjuntados históricamente sirven para dar otras identidades colectivas, una nueva indianidad concebida como un conjunto de ideas, sentimientos de ser colectivo, no dominado ni inferior, sino igual pero distinto y que tiene legítimamente la posibilidad de ser, de tener lengua y cultura propias. El proceso se da con los indios migrantes, sea que se quedaron de este lado o que pasaron a los Estados Unidos y se inicia con la unión de los indios migrantes alrededor de un símbolo étnico. Tal es el caso de los llamados "mixtecos" que en Tijuana, México, o en San Diego y Los Angeles, California, agrupan no sólo hablantes de lengua mixteca sino indígenas provenientes de al menos 6 grupos lingüísticos distintos: mixtecos, zapotecos, purépechas, triques, nahuas de México y kanjobales de Guatemala. Todos ellos se identifican genéricamente como mixtecos, pero conservan al interior su identidad lingüística y de localidad. Ser mixtecos en este contexto los ha ayudado a negociar su situación tanto del lado mexicano como del norteamericano. Se trata del uso de su identidad indígena, expresada en un indicador lingüístico, para ganar posiciones de negociación ante situaciones que les son adversas – carentes de tierra trabajan como peones asalariados del lado mexicano y carentes de la documentación migratoria requerida en el lado norteamericano trabajan como indocumentados – y para aprovechar los medios de comunicación masiva internacionales a través de los cuales llaman la atención hacia las condiciones precarias de campesinos sin tierras..

    La migración indígena a las fronteras vino a poner en el tapete de la discusión lo indígena, lo mestizo y la cultura nacional. La frontera norte de México además de ser una división geopolítica y económica lo es cultural y lingüística y las relaciones que se establecen entre ambos países son similares a las de dominación-dependencia que se presentan en el ámbito indígena con la población mexicana. Al norte, del lado estadunidense son dominantes la cultura sajona y el idioma inglés que se imponen a un grupo humano racialmente diverso, dividido entre blancos y negros, hispanos y orientales. Al sur, del lado mexicano, el idioma español es el mayoritario de un grupo humano racialmente mezclado pero dividido étnicamente entre indios y mestizos. En las regiones indígenas, tal como ya se indicó, el español es la lengua del prestigio y la cultura mestiza o nacional es la dominante. Sin embargo en la frontera norte los indios se encuentran con que el español es la lengua del estigma y que la cultura nacional mexicana ocupa el lugar de cultura dominada. Esto ha dado como resultado el reforzamiento de la identidad indígena y un cierto orgullo del uso de su lengua materna y de un bilingüismo que incluye el inglés, en detrimento del español como lengua hegemónica.

    Finalmente, en el ámbito internacional se ha ido desarrollando la tendencia a la agrupación económica de bloques de países, coincidiendo más o menos con el desmembramiento y caida del bloque socialista. La Comunidad Económica Europea (CEE) es tal vez la experiencia más acabada al respecto, pero están el Mercosur, el Mercado Común Centroamericano y más recientemente el Tratado de Libre Comercio (TLC) entre los tres países de América del Norte: Canadá, Estados Unidos y México. El resultado puede llevar a una globalización mayor: a) cultural, a través de los medios de comunicación masiva; b) política, por las presiones norteamericanas a decidir sobre la conducta de otros países; c) económica, por las reglas amañadas del libre comercio y d) lingüística, porque impone el idioma inglés, como el medio privilegiado de todos los órdenes de información y el que supuestamente expresa la modernidad y el progreso, en detrimento del español, de las lenguas indígenas, del francés y de los idiomas mezclados del Caribe como son los diferentes creoles, el papiamento y chumeco.

    Por supuesto que los grupos indígenas no pueden permanecer al margen de este proceso, su identidad definida por su lengua y sustentada por una practica cotidiana de comunalidad y por la diferencia con el « otro » se encuentra severamente cuestionada. Lo « otro » es cada vez más similar a lo « propio » y la penetración capitalista en el ámbito indígena empieza a desintegrar la comunalidad. ¿Cómo asimilar lo nuevo resemantizándolo a partir de lo propio, si incluso lo nuevo, lo propio y la base misma de lo propio empiezan a ser difusos ? No es un interrogante por demás retórico, sino que se trata de un conflicto real. Frente a él los pueblos de origen prehispánico se han aferrado a lo único que les queda: la lengua y una historia común, compartida por muchos, pero exclusiva de cada grupo. No es de extrañar, pues, que en México surjan asociaciones de escritores indígenas, existan ya academias de lenguas indígenas, que las peticiones étnicas más frecuentes sean el respeto a su lengua y cultura, que pidan la educación bilingüe y que empiecen a exigir que la radio oficial en las regiones indígenas les sea entregada para ser operada por ellos, en su propia lengua. La lengua es vista como una fuerte base de su identidad, más como un indicador de la misma.

    La identidad, categoría difícil de asir teóricamente se encuentra no obstante siempre presente en la realidad donde tiene que ver con la lengua, la cultura y la etnicidad, estas tres determinantes se encuentran relacionadas en y con la comunalidad y pueden volverse situacionales en relación al  « otro alterno ». Por ejemplo, zapotecos de Laxopa, triques de Copala y mixtecos de Don Luis, pasan a ser todos «   oaxaquitos » en la ciudad de México y en la frontera norte se reconocen todos como « mixtecos ». Son identidades indias, pero diferentes en cuanto al contexto de interacción con el otro que es a su vez diverso y variable. En este sentido, se es indígena o se es considerado como indígena – identidad asumida e identidad atribuida – de acuerdo al contexto en que el otro se presenta, y si es posible, se busca parecerse a ese otro. La lengua o la negación de ésta juegan aquí un papel significativo.

    Además de todo lo anterior, no debemos dejar fuera de la discusión dos hechos más. Por un lado se observa la tendencia a folklorizar teóricamente ciertos elementos indígenas, como son las manifestaciones de su conocimiento tradicional, de su forma de derecho, de su relación con la naturaleza y de su afán de mantener su propia lengua. Por otro lado, se advierte la tendencia a construir un estereotipo negativo lo autóctono, estereotipo que es asumido tanto por indios como por no indios, lo que puede llevar a procesos de percepción del mundo indígena sumamente distorsionados, pero paradójicamente aceptados por todos.

    Las reflexiones anteriores conducen a replantear la percepción analítica del proyecto de nación multilingüe y pluricultural, por un lado, y de la identidad y permanencia indígena por el otro. En ambos casos hay que considerarlos y analizarlos como procesos sumamente dinámicos, cambiantes, que parten y toman validez de las lenguas y de la originalidad de las culturas autóctonas, así como de su continuo cambio y de los contextos cada vez más diferentes en que se da la relación interétnica. Estos procesos dan cuenta de las presiones de los pueblos autóctonos para que en términos reales reciban reconocimiento sus lenguas y sus culturas, en un plano de igualdad con el español y como parte integrante de la cultura nacional.

     

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