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Introdución

Mi argumento central es recordar que junto con la reflexión acerca de la diversidad lingüística, es necesario incorporar otra diversidad, la de los usos sociales de la lengua escrita. Es sabido que opera en contra de nuestra conciencia de esta diversidad un modelo evolucionista que presupone un desarrollo lineal de la oralidad hacia la escritura, particularmente la escritura alfabética. Esta imagen tiene fuertes raíces en el mundo de la Ilustración (Chartier 1995, Bloch 1998), que apostó con optimismo a la difusión de la cultura letrada hacia todos los pueblos. Simplificando la propuesta original de Jack Goody e Ian Watt (1968, Goody 1977), entre otros, la alfabetización se ha asociado con una larga serie de consecuencias, que abarcan desde la racionalidad y la conciencia crítica hasta la modernización de las instituciones estatales y la aparición de la democracia misma. Aún recientemente, David Olson (1994), respondiendo a algunas de las críticas hechas a Goody, ha defendido una posición matizada que asigna a la alfabetización un rol instrumental en el desarrollo social. Varios investigadores (Graff 1987, Finnegan 1988, Gee 1988, Keller-Cohen 1994) han criticado el énfasis en las consecuencias positivas de la alfabetización, considerando esta posición como un «mito» (literacy myth) que oculta la naturaleza contradictoria del uso social de la lengua escrita.

Durante las últimas dos décadas, han aparecido numerosas investigaciones que ponen en tela de juicio algunos de los supuestos de este modelo lineal y abren un campo para hablar de la diversidad dentro de las culturas escritas, sin que ello nos exima de la tarea de reconstruir las implicaciones sociales y cognitivas de estas historias. Por ejemplo, la noción de una progresión desde una escritura pictográfica hacia una alfabética ha sucumbido ante la evidencia de la compleja mezcla de elementos tanto logográficos como fonéticos en todo sistema de escritura. Se ha mostrado, así mismo, la evidente relatividad de las ventajas de una u otra forma de representar el lenguaje oral. Varios autores han cuestionada también la oposición clásica entre la oralidad y la escritura (Finnegan 1988, Street 1993, Thomas 1992, Barton 1994) y han propuesto modelos alternativos, entre ellos la noción de un continuo oral-escrito, y la insistencia en la imbricación constante entre oralidad y escritura en todos los actos que involucran la palabra escrita (Tannen 1982, Heath 1982). El estudio clásico de Scribner y Cole (1981) también cuestionó la asociación global entre la escritura y el desarrollo cognitivo. Varios investigadores (Cook-Gumperz y Keller-Cohen 1993, Hornberger 1997) han usado el concepto de múltiples alfabetismos (multiple literacies) para acercarse a la diversidad de formas de utilizar y expresar la lengua escrita.

El estudio de las formas retóricas de las tradiciones orales (Bauman and Briggs1990, Montemayor 1998) agrega una dimensión compleja al polo de la oralidad. Incluso la práctica de la ciencia en occidente, largamente asociada con la cultura escrita, se comprende cada vez más en función de formas retóricas de argumentación y de indagación, enraizadas en la oralidad (Billig 1987). Es más, sin esta base oral y social, la escritura misma no tendría la eficacia que frecuentemente se le atribuye. Nuestras propias prácticas académicas de hacer públicas nuestras contribuciones, es decir, de presentarlas oralmente, atestiguan este hecho. Por otra parte, la creciente evidencia de la complejidad de algunas formaciones sociales que carecían de escritura, como nosotros la conocemos, ha matizado la asociación entre la escritura y la evolución del Estado (Michalowski 1994). Si bien los Estados poderosos han utilizado medios escritos para reforzar el control administrativo y legal, también recurren al mundo oral para ocultar sus tejemanejes y decisiones. La práctica reciente de destruir el registro escrito de muchas transacciones y decisiones gubernamentales corrobora esta apreciación.

Estas discusiones abren un campo para abordar las múltiples historias de apropiación de la escritura. Quisiera reparar un momento en la idea de apropiación, utilizada por Roger Chartier en conexión a la lectura, ya que permite -más que otros conceptos, como difusión, socialización, o adquisición- insistir en dos cuestiones. Primero, acentúa el rol activo de los sujetos involucrados en tomar para sí y hacer uso de la escritura. En segundo lugar, permite examinar los cambios que pueden sufrir los bienes culturales, como la escritura, cuando son apropiados por los sujetos. En palabras de Chartier, «..... la apropiación siempre transforma, reformula y excede lo que recibe... » (Chartier 1991:19, mi traducción). Estos cambios se marcan en los productos de las diversas prácticas culturales que involucran a la lengua escrita.

En este sentido, quisiera distanciarme de un uso extendido del término inglés literacy, como concepto que se hace extensivo a diferentes medios y campos (visual literacy, computer literacy, véase Gee 1990, Graff 1987). Este uso da una falsa idea de la multiplicidad, al ubicar la escritura dentro de toda una gama de posibles medios de representación y de comunicación, en lugar de examinar las múltiples expresiones de la representación escrita en sí misma. Prefiero limitarme a la escritura cómo tal, aun admitiendo la discusión actual sobre qué constituye un sistema de escritura (Boone y Mignolo 1994). Esto permite enfocar, por el momento, en la multiplicidad de formas de leer y de escribir utilizando los diferentes sistemas de representación gráfica de la lengua oral

 

Los pueblos indios y la escritura: ¿una apropiación negada?

Aunque mi reflexión en esta ocasión abordará el plano conceptual, está referida a una situación especial, la de los pueblos indios en México, y usaré algunos ejemplos de mi trabajo en curso sobre comunidades de tradición indígena. En México, como en una gran parte del mundo, las estadísticas oficiales asocian al analfabetismo con el hablar alguna lengua indígena o vernácula. Vista desde la perspectiva del centro, el «problema» de la alfabetización se debate en términos técnicos, tales como qué métodos adoptar, qué idioma usar, o cómo organizar el servicio educativo para asegurar la alfabetización. Se parte del valor incuestionable de la alfabetización universal, valor que fue una construcción particular de las organizaciones internacionales durante la segunda mitad del siglo XX (Graff 1987, Street 1993). Por otra parte, se esgrime un argumento cultural para explicar el rezago en la alfabetización en zonas indígenas, al considerar a los pueblos indios como culturas inherentemente orales o ágrafas, que presentan resistencias a la introducción de un elemento externo, «occidental», como la escritura. Contra este discurso antropológico y educativo, sugiero explorar la idea de que existen formas distintas de apropiación de la escritura por los pueblos indios.

En años recientes, varias instituciones oficiales en México han fomentado la actividad de escritores indígenas y han patrocinado la publicación de sus obras. Algunos estudios sobre este proceso muestran que si bien se legitima la producción escrita en algunas lenguas indígenas, se trata de un fenómeno urbano, protagonizado por profesionistas indígenas (Montemayor 1993). El auge de estas publicaciones literarias no necesariamente refleja la situación en las comunidades indígenas rurales.

Frente a la creciente preocupación por la escritura de las lenguas indígenas, no han faltado quienes sostienen posiciones contrarias, defendiendo el carácter oral de las culturas indígenas, y advirtiendo que la introducción de la escritura puede destruir la riqueza y el sentido comunitario de la tradición oral. Considero que estas posiciones olvidan que los pueblos indios de México no son -de hecho nunca han sido- comunidades cerradas. Siempre han compartido -desde una posición de total desventaja- los destinos políticos y económicos de la nación, y siempre han tenido que enfrentar el hecho social de la escritura en el contexto nacional. Desde esta perspectiva, nos preguntamos cómo es que los pueblos indios han vivido, sufrido, retomado, subvertido, o resistido las prácticas escriturarias específicas con las que se han encontrado, y cómo se han apropiado de la escritura, en cualquier lengua, a lo largo de su historia.

 

La multiplicidad de historias de la escritura

Cada sociedad desarrolla lo que de Certeau (1996) ha acertado en llamar una economía escrituraria. Se han documentado múltiples tradiciones en el mundo (por ejemplo: Cavallo y Chartier 1997, Keller-Cohen 1994, Boyarin 1993, Boone y Mignolo 1994), que dibujan justamente un panorama de diversidad cultural en el uso social de la escritura. Quisiera comentar algunos de los rasgos de esta diversidad.

En general, las historias no siguen necesariamente una línea ascendente y progresiva. Existen retrocesos y virajes fuertes en el uso de la escritura. La historia de la cultura escrita, como la historia de otros elementos culturales, es vulnerable ante las vicisitudes de la economía, la política, la migración masiva y la guerra. Estos fenómenos afectan las oportunidades de apropiarse y de aprovechar una cultura escrita. La destrucción masiva de los patrimonios escritos -el caso tal vez más impactante fue el de la conquista de Mesoamérica- y la restricción de las prácticas de escritura y de lectura en determinadas épocas son momentos claves de esta historia.

Las historias de la escritura no pueden deslindarse de la oralidad. No existe una progresión lineal desde una cultura oral hacia una cultura escrita, sino más bien se da una constante mezcla o imbricación de la escritura y la oralidad, en diferentes proporciones. La apropiación de la escritura es selectiva, es decir, implica también determinar cuándo no utilizar la escritura, cuándo no dejar registro por escrito, cuándo preferir la oralidad. Esto no significa necesariamente un retroceso, si dejamos de mirar a la oralidad como el polo primitivo de la línea evolutiva. Las opciones orales son complejas y diversas. Pueden ser vistas como desarrollos de géneros discursivos muy elaborados, cuya realización exige un alto nivel de competencia, producto de un entrenamiento específico, cómo es el caso tanto de situaciones rituales en muchas sociedades consideradas tradicionales (Bauman y Briggs 1990; Montemayor 1998), como en la retórica política en las sociedades modernas.

Finalmente, estas historias involucran diversas tradiciones escritas que a menudo han coexistido e interactuado, y por lo tanto han tenido influencias fuertes unas sobre otras. Por ejemplo, las escrituras árabes tuvieron influencia en la tradición latina (romana-cristiana) en la edad media. En ese sentido, al reconstruir las historias, debemos estar alertas a los errores derivados del estudio de cada forma de escritura por separado. De manera similar, las tradiciones marginales o vernáculas (Street 1994) de apropiación de la escritura siempre han interactuado con las historias oficiales, aquéllas que se desenvuelven en las instituciones como gobierno, iglesia y escuela. Es necesario considerar los numerosos espacios de encuentro e interacción entre las diversas tradiciones escritas.

Tres investigaciones sobre formas particulares de apropiación de la escritura en diferentes épocas y lugares pueden ilustrar lo anterior. El etnólogo francés, Daniel Fabre (1993), estudió una cultura escrita que se desarrolló entre los pastores de los Pirineos franceses y españoles, en los siglos XVII a XIX d.C. Esta historia incluye la invención de sistemas propios de anotación, el control de los calendarios naturales, laborales y rituales, la difusión de ideas mágicas y heréticas y la producción poética. Otro antropólogo, Maurice Bloch (1998), describe la cultura escrita entre el pueblo Merino de Madagascar, en donde desde hace dos siglos la alfabetización occidental, ligada a la evangelización, entró y desplazó la tradicional cultura literaria y religiosa musulmana. En este caso, la apropiación de la nueva escritura conservó supuestos de la tradición local, incluyendo el peso otorgado a un texto sagrado, y las normas de la legitimidad de ciertos estilos discursivos asociados al uso de la lengua escrita. De manera semejante, Frank Solomon (1998) ha descrito la compleja interacción entre ritos tradicionales, la memoria histórica y los escritos legales en los litigios comunales de una región andina, y actualmente estudia sistemas de contabilidad comunitaria que recuerdan a los quipus. Estas historias nos hablan de una diversidad de apropiaciones de la escritura alfabética inscrita en tradiciones culturales de larga duración.

Si miramos el contexto de los pueblos indios de México, podemos encontrar procesos similares. Se trata de una historia que no es progresiva, sino que fue interrumpida y reinventada a lo largo de 500 años (Cifuentes 1998, Pellicer 1993). En el área cultural mesoamericana, la larga historia de apropiación de una escritura alfabética no fue una simple sustitución. En la región nahua, pese a la destrucción del registro prehispánico durante la Conquista, sobrevivieron saberes y prácticas de escritura que marcaron profundamente la producción de documentos, particularmente aquellos que daban continuidad a géneros antiguos, como los mapas, los anales y las cronologías, y las nóminas de tributación (Lockhart 1992). La apropiación indígena de la escritura alfabética tuvo una de sus expresiones más conocidas en los «títulos primordiales» inventados para reforzar la defensa de las tierras (Gruzinski 1991, Lockhart 1992).

Para Chiapas, la historia parece haber sido algo distinta, en parte por los antecedentes prehispánicos. Pese a la elaborada escritura encontrada en Palenque y otros sitios, durante la época colonial la destrucción de los usos extraoficiales de la escritura en las lenguas indígenas fue una constante (de Vos 1994). Ciertas prácticas de resistencia también influyeron en esa historia, ya que los pueblos indios intentaban negarse a entrar al juego del control por medio del registro de los nombres individuales para efectos de tributación. Por otra parte, durante ciertas sublevaciones, como la rebelión de Cancuc en 1712 (Viqueira 1995), los dirigentes utilizaban los géneros propios de la colonización, incluyendo proclamas, cartas a la Corona española, y testimonios escritos, como armas en sus luchas. Dado que las prácticas de escritura desde la resistencia eran perseguidas, los pueblos tendían a desarrollar alternativas de representación por medio de la oralidad, la plástica, los textiles, el teatro, que lograron mayor arraigo que la propia escritura.

La historia de la cultura escrita en los pueblos indios se encuentra truncada nuevamente en el siglo XIX (Pellicer 1993, Cifuentes 1998). La apropiación de la escritura quedó opacada por la progresiva perdida de status del náhuatl, que había ocupado un lugar importante en el espacio público colonial. Por otra parte, la aparición de la escuela laica, como institución dedicada a la propagación de la escritura y del castellano como lengua oficial, orilló a la escritura de las lenguas nativas, e incluso del español usado por indígenas, a lugares apartados de la visión antropológica e historiográfica. De hecho, en ese siglo empieza la larga construcción de una noción de comunidades «primitivas» y «ágrafas» que caracteriza nuestra actual percepción.

 

Caminos individuales hacia la lengua escrita

Es posible apoyar el argumento con una mirada hacia una escala que recupere la agencia humana, la dimensión biográfica del acceso a la escritura. En este caso, también hay camino andado. Por ejemplo, las autobiografías de determinados personajes del inicio de los tiempos modernos en Europa muestran esta diversidad. Estos incluyen la notable obra de Ginzburg (1978), sobre las interpretaciones de la doctrina católica que hace un molinero acusado de ser hereje, así como los casos documentados por Jean Hébrard (1985) y Daniel Roche (1982) de personas autodidactas en Francia. Aunque no conozco estudios semejantes para México, existe cierta evidencia del aprendizaje no-escolar de la lectura y la escritura.

He reunido diversos relatos de las vías alternativas de acceso a la escritura en comunidades indígenas. Entre éstos, resalta el caso que me contaron en Chiapas de un joven huérfano que vivía con su padrino; debía trabajar todo el día y no tenía permiso de ir a la escuela. Durante la misa, escuchaba la lectura del Evangelio en tzeltal y quedó impresionado. Pidió permiso a su padrino de aprender a leer por su cuenta, pero éste no le permitió prender una vela de noche mientras los demás dormían. Entonces construyó su propio cuartito para pasar la noche en vela, estudiando, y al cabo de una quincena, se dice, logró entender el texto, a tal grado que pudo participar leyendo en la siguiente celebración dominical. Seguramente este logro presuponía un conocimiento previo de la «Palabra de Dios», un conocimiento que provenía de una práctica oral, o más bien aural, que le permitió un rápido desciframiento del código alfabético. El joven llegó a ser diácono de su comunidad. Otros relatos semejantes dan testimonio de esfuerzos individuales realizados para aprender a leer y a escribir, frecuentemente ante la necesidad de resolver alguna situación vital, como los requerimientos de un trabajo o la necesidad de ayudar a los hijos con la tarea.

El entretejido social de historias personales de aprender a leer y escribir muestra una distribución desigual de oportunidades de apropiarse de la escritura. Los caminos de acceso a menudo pasan por la participación en ciertos oficios -el de tipógrafo, el de cartero, incluso el de soldado-- que ponen a las personas en contacto con los medios escritos. A partir de estos testimonios, podemos constatar que la escuela no siempre detenta el monopolio pretendido sobre el acceso a la escritura, ni tampoco garantiza este aprendizaje, como lo evidencia el gran número de analfabetas funcionales que egresan del nivel básico. Los individuos se apropian la escritura en determinadas situaciones de vida, que a su vez están impregnadas por diversas historias culturales. En cada momento o situación, diversos procesos sociales impulsan la diseminación de la palabra escrita y conforman los contextos de apropiación posible. Por ello, una apreciación del carácter múltiple de la cultura escrita requiere entrelazar las trayectorias particulares de los individuos con las historias sociales de diseminación de la escritura.

El uso de la escritura ha llegado a las localidades más apartadas por diversas vías, como las reformas religiosas y las campañas políticas, las instituciones administrativas o jurídicas, o la extensión agrícola. Han sido particularmente importantes los movimientos sociales, con su profundo arraigo en los sectores populares y su tendencia a romper con las limitaciones impuestas por un orden institucional dominante. Entre éstos, destacan los movimientos herejes de la Europa occidental (Biller 1994), que diseminaron nuevos textos, o bien promovieron interpretaciones heterodoxas de los existentes. Asimismo, muchas rebeliones campesinas intentaron legitimar su lucha recurriendo a documentos originales o apócrifos, y utilizaron los medios escritos disponibles para apoyar la organización. Como lo ha mostrado Stephen Justice (1994), en su estudio sobre un movimiento campesino medieval de Inglaterra, los cronistas oficiales tienden a negarle a quienes participan en rebeliones campesinas el estatus de personas letradas. Algo parecido ha ocurrido en la historia de movimientos indígenas y populares en México, incluyendo el de Emiliano Zapata, que han defendido sus intereses con un uso político de documentos escritos (Sotelo Inclán 1991).

 

La escritura: ¿herramienta o práctica cultural?

Al abordar la historia social de la escritura, he intentado distinguir y evaluar las implicaciones de diferentes concepciones acerca de la cultura escrita. En particular, encuentro interesantes los contrastes entre dos concepciones, la noción de escritura como herramienta cultural, o bien, la idea de escritura como práctica cultural.

Sin duda ha sido importante considerar a la escritura como herramienta cultural, desde la perspectiva histórico-cultural de Vygotski, o como outillage mental, siguiendo la escuela de los Annales. Permite prestar atención ante todo a los soportes y los instrumentos materiales que se utilizan al escribir, y concebir a la escritura como instrumento cultural, más que como representación de la lengua o como código simbólico. Desde esta postura, las múltiples historias de la escritura se pueden explicar en cierta medida por los cambios -algunos de ellos radicales, como los del códice al libro y luego del libro a la pantalla (Chartier 1994)- que han sufrido los implementos y los sistemas de escritura. La cultura material asociada con la escritura constituye una primera condición para los usos sociales de la lengua escrita.

Si examinamos esta dimensión en las comunidades rurales indígenas, encontramos circunstancias poco conducentes a la apropiación de la escritura. Existen restricciones materiales fuertes: las condiciones climáticas y la precariedad de las construcciones hacen sumamente difícil conservar textos escritos. A pesar de que una de las prácticas constantes en las comunidades es la búsqueda de contenedores seguros -como cofres y cajas, sobres y bolsas de plástico- para salvaguardar los documentos más importantes, es posible imaginar lo que estas condiciones significan respecto a la legendaria función de la escritura de preservar la memoria. De hecho, el desarrollo de la memoria oral en estos pueblos puede verse como una respuesta a la imposibilidad material de confiar en la durabilidad del registro escrito. A la vez, un sentido de economía acompaña el uso de la escritura en estas comunidades, tanto en el cuidado y la distribución de los materiales necesarios (papel, lápices), como en la asignación selectiva del trabajo de escribir a determinadas personas de cada familia o comunidad.

Al utilizar esta perspectiva para aproximarnos a las comunidades indígenas, podemos reconocer algunas de las limitaciones de pensar en la escritura como herramienta. La pobreza económica de las comunidades se traduce, ciertamente, en una pobreza de instrumentos materiales de la lectura y la escritura. Sin embargo, al examinar sólo la dimensión material de una esfera cultural, se corre el riesgo de desconocer otras dimensiones, expresadas en prácticas y concepciones propias de la localidad. Si bien en muchas comunidades indígenas el trazo de la escritura es poco visible y nada duradero, algunas bien pueden albergar un saber acumulado acerca del mundo escrito.

La escritura tiene un arraigo importante en la diversidad de instrumentos, materiales y máquinas utilizadas para leer y escribir, sin embargo, no se puede reducir a ellas. Algo podemos avanzar si llevamos la metáfora de una herramienta al plano simbólico, donde se presta para considerar la relación entre la escritura, el conocimiento, y la producción cultural. La noción de la escritura como una herramienta cultural puede incluir saberes compartidos que subyacen a otras formas de expresión. Por ejemplo, en algunos lugares se encuentran ciertos géneros que se desarrollan como tradiciones orales a partir de un texto cuya lectura ya no se requiere. La reproducción oral de textos sagrados, versos y cuentos (Cavignac 1998), así como la referencia cotidiana a ciertos preceptos legales y morales, se sostiene sin la presencia del soporte material original. No es excepcional encontrar este tipo de tradiciones en las comunidades indígenas de México (Montemayor 1998).

Las limitaciones de la noción de herramienta cultural llevan a examinar una segunda metáfora: la idea de la lectura y la escritura como prácticas culturales (Chartier 1995, de Certeau 1996, 145-152). El cambio de foco nos lleva a observar cómo se encuentran las prácticas escriturarias inmersas en diversas situaciones sociales. Numerosas acciones cotidianas involucran la lengua escrita, ya sea como actividad presente o como referente distante. De hecho, el recurso a la lengua escrita rara vez acontece sin alguna interacción oral en torno al contenido o sentido de los textos leídos o escritos (Heath 1982). Las formas culturales que norman las situaciones y la interacción pueden influir en las prácticas de lectura y escritura aun más que la tecnología utilizada.

Actualmente es claro que no hubo una secuencia fija de introducción de la escritura en los diferentes dominios de vida o trabajo en la historia de las sociedades occidentales (Graff 1987), ya que cada historia privilegió ciertos espacios, estratos y oficios como escenarios de la alfabetización. Los contextos de apropiación de la escritura en los pueblos indios también han sido diversos. Ciertamente, la escritura ha sido un hecho ineludible en la esfera de contacto con las instituciones del gobierno que exigen la producción y conservación de documentos. En cambio, no suele encontrarse un uso doméstico de la escritura, como el registro de cuentas o la biografía personal, como se ha descrito para el periodo premoderno en Europa (Burke y Porter 1987). En muchas localidades, en cambio, la escritura ha entrado en apoyo a la música y el canto, o bien, para la comunicación con los parientes que han migrado a otras partes del país o al extranjero.

Las herramientas y prácticas culturales que expresan la apropiación de la escritura pueden ser diferentes de un pueblo a otro, aun en la población rural indígena. En la zona central de Tlaxcala, durante siglos ha sido importante el contexto jurídico, por los documentos y testimonios necesarios para entablar demandas y juicios civiles (Sullivan 1987; Rockwell 1992, Hill and Hill 1986). En los pueblos indios de Chiapas, dos contextos de apropiación que han destacado en décadas recientes son la lucha por la tierra, con toda la secuela de trámites que ello ha requerido, y la vida religiosa, renovada por las sectas protestantes y por la nueva evangelización católica (Viqueira 1995, Leyva Solano 1995). En los dominios del litigio, la gestión y el ritual, entre otros, estos grupos indígenas han adoptado o generado estrategias para utilizar la lengua escrita desde sus propias perspectivas culturales. Ciertamente, la lengua escrita no existe en abstracto, como herramienta que se puede utilizar en cualquier momento o para cualquier fin. Sólo se le apropia como parte de una práctica cultural concreta, y difícilmente es transferida a otros ámbitos.

 

Reflexiones finales

Esta revisión somera de algunas investigaciones sobre la historia de la escritura como objeto cultural sugiere formas concretas de abordar el tema de la escritura en las culturas indígenas de México.

Primero, es necesario reconstruir la historia de la apropiación de la escritura alfabética (y la conservación o modificación de las diversas escrituras prehispánicas) por parte de los pueblos indios, a lo largo de la colonización y formación nacional. Durante todo este periodo, los pueblos entraron en contacto con la lengua escrita en una variedad de contextos, incluyendo el administrativo, el religioso y el escolar. Al reconstruir este proceso, es posible que descubramos que la escritura ha sido una constante de la historia de los pueblos indios, no una novedad reciente.

Segundo, la apropiación de la escritura implica la transformación de este objeto cultural y su adaptación a las disposiciones culturales propias de las comunidades indígenas. En el proceso, influyen en la lengua escrita los usos sociales y las prácticas cotidianas, las imitaciones y las resistencias culturales. Se ha sugerido que la adopción de la escritura alfabética en determinados dominios puede influir en las pautas locales de comunicación y percepción (Olson 1994). No obstante, también es claro que las prácticas de escritura sufren cambios significativos dentro de cada contexto cultural.

Tercero, es necesario situar las múltiples historias de la escritura dentro de un panorama más amplio de las historias de la representación. Esto incluye tanto los diversos géneros orales, particularmente aquellos cuyas raíces se encuentran en el mundo colonial (la expresión musical, teatral y plástica) y los medios electrónicos, como el video y audio grabación, de reciente adopción en muchas comunidades indígenas.

El reconocimiento de la diversidad de prácticas culturales que involucran a la escritura puede enriquecer la teoría sociolingüística, y además abonar una mejor comprensión de las vías de socialización de los saberes asociados a estas prácticas.

 

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